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La Granada y el tiempo de Ángel Barrios

La Granada de fines del XIX se convierte en centro de atracción para viajeros románticos de ideales orientalistas, creadores y transmisores todos ellos del “sueño de la Alhambra”. Una Granada pintoresca en la que todavía se podían ver personajes como el Chorrojumo, gitano fanfarrón de impostado aire romántico para deleite de viajeros y turistas. Una “Granada de azúcar” que disfruta la bonanza del cultivo de la remolacha y que está llevando a cabo una serie de reformas modernísimas como el embovedado del río Darro, la renovación urbana, (con la construcción de la Gran Vía a la cabeza), o el desarrollo de las comunicaciones (red comarcal de tranvías). Julio Quesada Cañaveral, Duque de Benalúa (y más tarde Duque de San Pedro de Galatino), o los banqueros Rodríguez-Acosta, actuarían como impulsores del desarrollo industrial y agrícola de la ciudad. En suma, es una ciudad que rompe su crisálida de ciudad medieval para convertirse en una urbe moderna.

Es precisamente en la Granada de la Alhambra, poblada por pequeñas pensiones, de avezados turistas ya integrados en el paisaje, de Villas y Cármenes de tapias encaladas, árboles y madreselvas, donde nace Ángel Barrios en el seno de una familia peculiar y, en cierto modo, patriarcal. El carismático Don Antonio Barrios “El Polinario”, su padre, regenta una tienda que a la vez es taberna, un “espacio de sociabilidad”, ubicado en la que fue la casa familiar de la calle Real de la Alhambra, calle entre comercial y señorial. Un lugar de encuentro de todos, propios y extraños, de unas ideas o de las contrarias, del casticismo y de la modernidad, de lo popular y la vanguardia. Ángel Barrios no quedaría al margen de ninguna vertiente. Incluso en un tiempo de desarrollo incuestionable, cuyos avances parecían no tocar de lleno a la colina de la Alhambra, Ángel Barrios no solo sería testigo de los nuevos ingenios de la técnica de finales del siglo XIX y principios del XX sino que participaría activamente de los mismos. Entre algunas de las invenciones de esta época están el piano neumático (pianola, Edwin Scott Votey, 1895), el fonógrafo (Thomas Alva Edison, 1877), el gramófono (Emile Berliner, 1887), la radio (Nikola Tesla, 1894, Marconi, 1895), la fotografía (Niépce, 1826) y la fotografía estereoscópica (Sir Charles Wheatstone, 1838; comercialización: Sir David Brewster, 1851) así como por ejemplo el cine (hermanos Lumière, 1895). De Ángel Barrios se conservan rollos de pianola, discos de pizarra y una interesante colección de fotografía estereoscópica en placas de cristal.

La Granada de principios de siglo, como reflejo de lo que está sucediendo en el país, vive un tránsito generacional. Los ambientes intelectuales y oficiales de Granada estaban con las ideas y la visión regeneracionista del mundo de la «Generación del 98», mientras la nueva, la del 27, representaba la vanguardia -abanderada por Federico García Lorca y otros tantos jóvenes llamados a cambiar la historia de la cultura-. Esta pugna entre las dos miradas se reflejará con toda nitidez en el Concurso de Cante Jondo de 1922 promovido por el poeta, Cerón y Manuel de Falla o por José María Rodríguez-Acosta entre otros, así como las enconadas polémicas que motivó. Granada vivirá el movimiento intelectual y artístico de la Edad de Plata con las activas tertulias de “El Rinconcillo” y “El Polinario”, siendo la Alhambra un ingenio capaz de crear energía cultural y donde se materializaban las nuevas propuestas, tanto en el Palacio de Carlos V o el Patio de los Aljibes, como en otros recintos de los palacios; desde los Ballets Russes (1918) a la “Fiesta del Arte” (1923) organizada por Ángel Barrios como respuesta española y flamenca a la revolución de la danza postulada por los Ballets Russes.

El flamenco y la tertulia viven en el Polinario

En esta Granada de entre siglos la casa de la familia Barrios se convierte en el epicentro de los círculos culturales granadinos. El carácter afable de don Antonio Barrios, sus dotes de pintor, conversador y conocedor de todos los estilos flamencos, improvisador y estudioso, convierten a don Antonio en  «Cónsul del Arte de la Alhambra».. Esa casa, su casa, llegó a ser el Olimpo del Flamenco puro y de su estilo «jondo». 

Maestro de su hijo Ángel, deposita en él una larga tradición guitarrística entre lo culto y lo popular. Ésta, a la que pertenecen tanto Antonio Barrios como el guitarrista Manuel Jofré, procede del mismo tronco común: el singularísimo Francisco Rodríguez “el Murciano” (1795-1848), artífice de la revolución de la guitarra flamenca, sus posibilidades expresivas y su influencia en los estilos populares. “El Murciano”, hombre de arrolladora personalidad, logra despertar gran interés y amistad en el compositor ruso Mikhail Glinka durante su estancia en Granada (1945-1946). “El Murciano” deposita en su hijo, de igual nombre y apodado “Malipieri”, toda su sabiduría. Este personaje, de extraño carácter, formó parte de la tertulia La Cuerda Granadina junto a Pedro Antonio de Alarcón y al barítono italiano Ronconi, habitante del Carmen en la Alhambra que hoy lleva su nombre.

En torno a la casa de la familia Barrios surge la singular Tertulia de El Polinario. Estaba encabezada por don Antonio Barrios y su hijo Ángel quienes se rodearon de una pléyade de artistas e intelectuales locales (Andrés Segovia, los hermanos García Lorca, Soriano Lapresa, Manuel Ángeles Ortiz, Miguel Pizarro…) y de otros tantos venidos de lejanos rincones del mundo, atraídos por la fama de aquel legendario lugar. 

En esta Granada eran numerosas las tertulias: La Cuerda Granadina de Pedro Antonio de Alarcón, la tertulia jocoso-etílica la Oración de la Tarde de Natalio Rivas y, ya en tiempos del Polinario, la Cofradía del Avellano de Ángel Ganivet, la del Carmen de Ronconi, la de Alonso Cano en el Albaicín, la de Fernando Vílchez, la del Centro Artístico, la de Manuel Jofré, la del Carmen de las Maravillas del Capellán Real don Alfonso Gómez Izquierdo y la del Carmen de las Tres Estrellas de Afán de Ribera. Entre ellas destaca la Tertulia de El Polinario, donde como seña de identidad se funden, como en un crisol, lo popular y la incipiente vanguardia. 

A la casa del Polinario acudiría todo artista o viajero culto como José Garrocha, Muñoz de Lucena, Isidoro Marín, Rafael Latorre, Sánchez Solá, José Garnelo y toda una generación de paisajistas, además de los asiduos y cercanos amigos, como Palmer, John Sargent, Santiago Rusiñol, Joaquín Sorolla, Darío de Regoyos, López Mezquita, Rodríguez-Acosta, Ignacio Zuloaga o Joaquín Mir. Muchos de ellos dejaron allí sus obras, sus caballetes, y en entre ellos sus recuerdos y su agradecimiento a los anfitriones: los Barrios. Hoy, todo ello conforma el Legado Ángel Barrios.

El rinconcillo, punto de encuentro

Es en este mismo siglo cuando comienzan a introducirse en las ciudades los Cafés, símbolo de la expresión pública, de la convivencia de los distintos grupos sociales y lugar de germinación de nuevas ideas. En Granada los Cafés surgen en sustitución de las rurales tabernas y de los mesones. Entre la plétora de Cafés Granadinos destacará uno situado en la Plaza del Campillo Bajo, denominado Café Alameda, y frecuentado por una clientela variada de juerguistas, coristas, torerillos y toreros, intelectuales, profesores, artistas y literatos; según las horas del día. En este grupo se forja la Tertulia del “Rincocillo” (porque se reunían en un rincón del café) aglutinada por la figura de Francisco Soriano Lapresa, profesor de Filosofía y Letras, de familia destacada en la sociedad granadina. Éste ejercería como foco del grupo, políglota, latinista, filósofo, orador y moderno ante todas las cosas, suministrando al grupo revistas de vanguardia y libros del mundo entero. Con un estilo desenfadado y moderno, los rincocillistas rompían los moldes y convencionalismos de una decimonónica sociedad granadina. En esta tertulia se reunían el crítico e historiador Melchor Fernández Almagro, el Cónsul Juan de Dios Egea, el pintor Manuel Ángeles Ortiz, el escultor Juan Cristóbal, el aguafuertista Hermenegildo Lanz, los hermanos García Lorca, José Mora Guarnido, periodista y escritor, Antonio Gallego Burín y, como no, Manuel de Falla y Ángel Barrios.

Con la República y la diáspora de los miembros de la Tertulia (Falla, Lanz, Pérez Roda, Barrios, Vílchez y los hermanos García Lorca), ésta se diseminó en otros grupos tertulianos que no llegaron a gozar de los destellos de genialidad de aquel “Rinconcillo”. Con esta época se cierra un ciclo, una era, una Granada cuyos personajes son irrepetibles, cuyo tiempo desaparece con ellos dejando sólo las huellas de su presencia.

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